Personajes inolvidables

Personajes inolvidables

A la pregunta de final de un reinado de belleza ¿Cuál es tu autor favorito y por qué? Oí de alguien la respuesta perfecta: “Don Sutano, de quien estoy leyendo ahora las memorias y si no fuera por ahora mi autor favorito, hubiera dejado sin terminar de leer su libro y hubiera empezado con otro autor”. Con los personajes inolvidables ocurre algo similar: don Mengano, porque ahora me estoy acordando de él.

Los personajes inolvidables no son necesariamente heroicos o únicos, aun cuando sí hay algunos pocos que lo son, pero de ellos se ocupa la historia. Para los de los mortales corrientes la cosa es menos rigurosa y son las páginas web de las asociaciones las que se encargan de hacerlos visibles.

El amplio conjunto de gentes con quienes nos hemos cruzado en nuestras vidas incluye seres de buenos a malos, de cobardes a valientes, de ridículos a trascendentes o cualquier par de opuestos que ustedes prefieran; en realidad la mayor parte de las personas están distantes de los extremos, y a un mismo tiempo comparten un poco o un mucho de ambos polos; nadie es químicamente puro. Muchos nos son simplemente indiferentes pero algunos de ellos nos hicieron, para bien o para mal, un aporte tan significativo en la construcción de lo que somos, que los hace inolvidables. Esto no quiere decir que los tengamos presentes, ni que los amemos o malqueramos todo el tiempo; ellos ocupan agazapados un lugarcito escondido en nuestra memoria, prestos a saltar para recordarnos su existencia. Tampoco quiere decir que siempre seamos conscientes de su contribución y mucho menos que ellos, en general, hubieran querido hacer una. El agregado de las circunstancias individuales junto con los personajes inolvidables de todos los miembros de nuestra comunidad helvetiana, configuran nuestra circunstancia colectiva. Entonces, nosotros somos nosotros y nuestra circunstancia colectiva y si no la salvamos a ella no nos salvamos nosotros. (Que Ortega y Gasset me perdone).

 

CARLOS BOSHELL SAMPER, uno de mis personajes inolvidables. 

Llegué al Helvetia a segundo de primaria con casi ocho años. Mis compañeros se conocían entre si desde los cinco, habían desarrollado sus apegos, sus primeras rivalidades y sobre todo ya habían avanzado mucho en el aprendizaje del francés de manera natural -por imitación-, en tanto que yo estaba condenado a seguir el método gramatical de aprendizaje de idiomas para adultos. Era el candidato perfecto para ser víctima de bullying escolar: recién llegado, sin amigos y perfectamente mudo en francés y en todo lo que se enseñaba en esa lengua: aritmética, ciencias, historia y yo ya no recuerdo que más. La “bola”, condenado desde el primer día y por siempre a sobrevivir en la casta inferior de las “bolas” que hablaban mal el francés. Y no es que fuera un curso de truhanes, eran unos simples niños traviesos que hicieron de mi vida un pequeño infierno. No sufrí de maltrato físico pues alguien me recomendó encontrar la protección de un grande (alguno de bachillerato). No sé cómo apareció en escena Carlos, unos cinco o seis años mayor que yo, quien me dio su apoyo y contribuyó a prevenir el acoso con un conjuro sencillo: “deje saber que es mi primo”. Eso fue todo lo que hizo. Y de ahí en adelante cuando nos cruzábamos por los corredores nos saludábamos: “Hola primo”. 

Un cierto día, en medio de una consulta médica, sonó el teléfono de mi doctora y ella explicó a quien llamaba que ese no era el teléfono de Carlos Boshell. Resultó que a quien buscaban en la llamada era a un hijo de “mi primo” Boshell, también llamado Carlos.

Inmediatamente saltaron como impulsados por un resorte unos recuerdos agazapados por décadas y creí oír otra vez su saludo amable: “Hola primo”. 

Carlos Boshell Samper, solamente con unos saludos “familiares” a la usanza bogotana, ayudó a cambiar para siempre la vida de un niño. 

El recuerdo que conservo hoy de él es abstracto; durante más de medio siglo no me acordé de su existencia. A su nombre ni siquiera lo acompaña un rostro, no creo habérmelo cruzado nunca después de salido del colegio, no sé qué fue de él, y supongo que ni sabe quién soy yo ni debe tener memoria de sus saludos. Sin embargo, es uno de mis personajes inolvidables.

Anímense a recordar, este espacio está para recibir a sus personajes inolvidables.

Álvaro Galvis Pino, exalumno 1971